Ensayo acerca de la construcción de la identidad personal y sus consecuencias. A base de la lectura de Corbin, Alain, R.H. Guerrand y M. Perrot. Historia de la vida privada. Tomo 8. Sociedad burguesa: aspectos concretos de la vida privada. Madrid: Taurus, 1991. “El secreto del individuo”, pp. 121-167.
El siglo XIX es el siglo en el que se desarrolla aunque con lentitud un sentimiento de identidad propia y personal, en un principio iniciado por un sistema de apelación al perder la costumbre se venía dando a la hora de poner los nombres a los recién nacidos.
La perdida de esta costumbre se puede ver sus inicios en el siglo XVIII, que en ese momento y antes de este se solía utilizar el sistema del calendario católico a la hora de nombrar al recién nacido o se solía nombrar como el abuelo o abuela, algún pariente que acabase de fallecer o bien el nombre que eligiese el padrino o la madrina, este es un hecho que fomenta el individualismo. Esta moda se propago de forma vertical en toda la jerarquía social. Puesto que el sistema de apelación era muy arcaico la introducción de los nombres propios provoco una serie de confusiones y errores, algo muy común.
El uso del nombre propio dio paso al apodo el cual fue más comúnmente utilizado en las aéreas rurales, artistas y por grupos marginales como criminales.
La individualidad no solo se puede explicar con tan solo el uso del nombre propio, también hay la existencia de otros factores, los cuales son muy útiles para la urbanización como lo es la mayor alfabetización y el aumento de alumnado en las escuelas crean en el individuo una relación entre su nombre y su patrimonio, algo por lo que pueda ser recordado y un legado que pueda pasar a sus desentiendes los cuales puedan ser identificados con este.
Esto pudo haber generado la banalización con sus productos, -en palabras de Giséle Freund “función directa del esfuerzo de la personalidad por afirmarse y adquirir conciencia de sí misma”- (tales como tarjetas de presentación y agendas personales junto con un mayor uso de los espejos), así mismo se da inicio a la costumbre de poner nombre a los animales que son más queridos por sus dueños.
La contemplación de la imagen propia deja de ser un lujo de unos pocos y empieza a normalizarse como se aclara anterior mente gracias al mayor uso del espejo, esto gracias a los mercaderes ambulantes, aunque aun la visión de su cuerpo en su totalidad aun no es muy bienvenida y sigue dependiendo de la vista de otros. Puesto que a las mujeres seles educaba de tal forma en la cual se les prohibía contemplar su cuerpo desnudo, para lo cual se utilizaban polvos especiales para enturbiar el agua, estas prohibiciones estimulaban de manera erótica la imagen del cuerpo y opcional a la sociedad que empezaba a utilizar armarios con espejos en las puertas.
El auto retrato y posterior mente monopolizado por la fotografía eran también una forma en la cual podían contemplarse y dejar el retrato de su imagen para la prosperidad, la posesión de la imagen propia demostraba la existencia de uno mismo, atestiguaba el éxito y manifestaba la posición social. En la burguesía alimentaba su obsesión de con el papel de héroe fundador, una estirpe construida o levantada por el mismo, un triunfo personal.